Yo creí tener alas y me eché a volar.
Inicié mi viaje hacia otro lugar. Bebí en otras fuentes, descansé en otros prados, conocí a otras personas y agarré otras manos.
Empecé a construir una vida dulcemente, en un lugar que yo creía hermoso y sano. Levanté castillos en el aire. Elegí dónde quería quedarme, con quién quería compartir mis días y qué cosas deseaba poner por delante.
Viví momentos fascinantes.
También viví momentos tristes, de esos que te obligan a parar, a mirar alrededor y a recolocarte.
Pero seguía volando. O eso creía.
Hasta que empecé a percatarme de que había un hilo.
Un hilo fino, casi invisible. No lo veía cuando estaba feliz, cuando todo iba bien, cuando nada al otro lado reclamaba mi atención. Pero, de pronto, surgían problemas, vivencias, necesidades. Alguien llamaba. Algo tocaba a mi puerta.
Y yo no podía decir que no.
Porque era mi lugar de origen.
Porque eran los míos.
Porque, aunque ya estuviera lejos, aunque hubiera construido otra vida y creído que era libre, aquel hilo seguía sujetándome.
Yo creí que podía decidir dónde pararme y en qué lugar asentarme. Pero descubrí que, muchas veces, seguían decidiendo por mí cosas que ya no me correspondía decidir desde allí.
Yo creí volar ya libre.
Pero aún ellos regían.
El problema no es amar a la familia de la que vienes.
El problema empieza cuando no puedes vivir tu propia vida sin sentir que estás abandonando a alguien.
Cuando cada problema ajeno se convierte automáticamente en una responsabilidad tuya.
Cuando en ciertos momentos te ves haciendo cosas para complacer a otros, solamente porque crees que es lo que esperan de ti, pero realmente no lo deseas, simplemente cumples con lo que tu crees “que toca”…
Entonces no estás ayudando desde el amor, y eso al final te va apretando, el hilo te hace bajar, y ya no puedes volar.
Te sorprendes a veces, cuando pones atención, respondiendo desde un lugar antiguo, que sabes bien que no es tuyo: la culpa, el miedo, la lealtad ciega, el papel que aprendiste a ocupar hace años.
Y todo aquello de afuera, entra en tu vida.
Entra en tus planes, en tu energía, en el tiempo que ya no compartes con quienes tienes cerca. Entra en lo que habías empezado a construir con tanto tesón. Y, sin darte cuenta, dejas allí las sobras de tu vida: lo que queda después de haber atendido todo lo demás.
Cuando el eco sigue decidiendo
Hay hilos que seguimos llamando amor cuando, en realidad, son culpa, miedo o una lealtad que ya no nos deja vivir.
Son ecos, voces familiares, ancestros, que muchas veces sin saberlo continúan decidiendo por nosotros.
En Romper el eco hablo precisamente de esas voces heredadas: de todo aquello que seguimos escuchando dentro y que, a veces, nos impide elegir nuestra vida con libertad.
Por eso debemos cortar el hilo.
No para alejarse de nadie.
No para negar a quien se ama.
No para dejar de querer.
Debemos cortarlo para poder habitar el mundo de otra manera: feliz, libre y de verdad.
Debemos encontrar la paz, en las decisiones y no levantar un muro, pero sí saber establecer los momentos.
Cuida tu castillo.
No porque lo demás importe menos, sino porque ese es el lugar que elegiste construir, cuidar y quedarte, merece tu atención y tu tiempo.
Cortar el hilo no significa romper los lazos de sangre.
Significa dejar de confundir amor con dependencia.
Significa relacionarte con tu familia desde un lugar diferente: sin sentir que su dolor tiene que arrasar tu casa, tu descanso, tu pareja, tus hijos, tus decisiones o tu paz.
No se trata de irte y cerrar la puerta.
Se trata de acudir de otra forma.
De ayudar sin desaparecer.
De acompañar sin entregar el centro de tu vida.
De comprender que hay vínculos que no necesitan un hilo para existir.
Llega un momento en que debes aprender a soltar el hilo, dejarlo ir, soltar…
Y cambiarlo por un lazo.
Un lazo que no aprieta. Que no tira. Que no baja tus alas hacia el suelo.
El lazo cálido del amor que te abraza y no te aprieta, que se extiende cuando vuelas…
El amor sano, te da alas, alas para volar, te da nido, nido para quedarte…
Te prepara el camino para que rompas cadenas e inventes un mundo nuevo.
Porque tú también tienes una vida.
Y te toca vivirla.




