¿Y si la intuición no fuera un don?
Muchos creen que la intuición es un don con el que nacen algunas personas.
Y sin embargo, la intuición se parece más a una planta: necesita tierra, agua y cuidado para abrirse.
La intuición se cultiva, como se cultiva el amor, la paciencia o la resiliencia. Nace en el lugar más profundo y bonito que todos deberíamos habitar: estar en ti. Escuchar lo que dice tu cuerpo, lo que dicen tus emociones, lo que te susurra el corazón.
La intuición es un músculo entrenable: solo pide ser atendido con ternura y lealtad. A veces llega como un susurro suave que puede desaparecer si no le haces sitio. Seguir tu intuición es entrar en un mundo donde tú eres el protagonista de tu propia historia: un viaje que llama y que no conoces, pero al que te animas a seguir.
Si la cuidas, si la escuchas, verás que vuelve con más frecuencia. Ser fiel a esa voz es como ser un guerrero de luz que posee el mejor arma: su propio yo sabio. Acompáñala, cuida tu centro, escucha tu cuerpo y dale un hueco a tus sensaciones. La intuición es ese sabio interior que, si le das cobijo, te acompañará siempre.
Preguntas para pensar:
¿Cuándo fue la última vez que seguiste una intuición y te sorprendió el resultado?
¿Qué pequeño gesto puedes hacer hoy para darle más espacio a tu intuición?
¿Qué voz (miedo, prisa, costumbre) interfiere hoy en tu escucha interior?
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