🪷 Vibración del hogar
El eco invisible de lo que somos
Las casas nos hablan.
Son una prolongación de nosotros mismos.
Las paredes encierran vibraciones, guardan historias… historias que quedan en el ambiente, difíciles de borrar.
Se siente.
Se nota.
A veces, al entrar en un hogar, percibes energías densas; otras veces, sientes ligereza, bienestar, felicidad.
Y no siempre tiene que ver con que esté más limpio o no: una casa desordenada puede oler a galletas recién horneadas, con un perro amoroso que viene a saludarte, o un niño con cara de ángel jugando en el suelo.
El amor también se guarda entre cuatro paredes.
El amor también se queda anclado en los hogares.
Y de ahí nace tu templo.
Cuando por fin lo entendí, hice cambios en mi vida.
Cuidé mis espacios e intenté que las discusiones fueran breves, nulas… o que no existieran.
No siempre somos conscientes de lo importante que es sembrar en nuestros hogares comportamientos sanos, amor y buenos sentimientos.
Se nota. Se siente.
En cada rincón, en cada estancia, en cada cuadro, en las mascotas que viven ahí y se acomodan tranquilas. Ellos lo absorben todo.
Me costó tiempo comprenderlo: cuidar nuestros espacios es cuidar de nosotros mismos.
Porque las paredes hablan… y pueden atraparte o liberarte.
Y tú, ¿qué sientes cuando entras a tu casa?
¿Puedes percibir qué vibración esconden tus espacios?
¿Acumulas objetos innecesarios que te drenan y dificultan que tu energía fluya?
¿Cuál es el sentimiento que predomina cuando estás en tu hogar?
Quizá por eso nunca me gustó llevarme trabajo a casa, como muchas personas hacen.
Para mí, mi casa es mi templo, y debo cuidar bajo qué emociones estoy y a quién le doy permiso para entrar, aunque sea mental o emocionalmente.
Me costó entenderlo, fue un camino largo… pero ahora lo tengo claro: lo sagrado de tu hogar está en cuidar lo que entra.
Emociones. Sentimientos. Conversaciones. Disputas.
Por eso, cada noche, antes de dormir, la miro a ella:
Xana, diosa del amor.
Le doy las gracias, porque ha sabido cuidar aquello que más quiero. La siento.
Y la persona que me la regaló lo hizo desde el amor más profundo.
Esas son las fuerzas invisibles que tejen nuestro mundo, nuestro “texemullo”.
Por fin lo comprendí.
Y lo más importante… lo sentí.



