Hay una forma de vivir que apenas notamos.
No es la que aparece en las fotografías.
Ni la que contamos cuando alguien nos pregunta cómo estamos.
Es mucho más silenciosa.
Consiste en pasar la vida esperando.
Esperando que llegue el fin de semana.
Esperando las vacaciones.
Esperando cambiar de trabajo.
Esperando mudarnos.
Esperando que otra persona cambie.
Esperando tener más tiempo.
Más dinero.
Más energía.
Más claridad.
Esperando que, cuando todo eso ocurra, por fin podamos empezar a vivir de verdad.
Y, sin darnos cuenta, convertimos el presente en una simple sala de espera.
No porque no sepamos disfrutar.
Sino porque hemos aprendido que la paz siempre está un poco más adelante.
Siempre detrás de la siguiente puerta.
Es una forma de pensar profundamente humana.
Yo también la he visto muchas veces.
Personas que viven convencidas de que todo mejorará cuando llegue ese momento que todavía no existe.
Y, mientras tanto, los días pasan.
Las estaciones cambian.
Las personas crecen.
La vida sigue ocurriendo.
Pero ellas apenas llegan a habitarla.
Lo curioso es que muchas veces ese momento sí acaba llegando.
Cambiamos de casa.
Terminamos un proyecto.
Encontramos otro trabajo.
Se resuelve aquello que tanto nos preocupaba.
Y durante un tiempo sentimos alivio.
Respiramos distinto.
Todo parece nuevo.
Hasta que, poco a poco, aparece otra espera.
Otro “cuando”.
Otra condición para permitirnos estar bien.
Como si la tranquilidad siempre necesitara una excusa.
Quizá por eso merece la pena detenerse un instante.
Y hacerse una pregunta sencilla.
¿Cuánta vida estoy dejando para después?
No estoy hablando de renunciar a los sueños.
Ni de dejar de cambiar aquello que necesita cambiar.
Hay decisiones importantes.
Puertas que debemos abrir.
Y etapas que, cuando llega el momento, conviene dejar atrás.
Pero entre el lugar donde estás hoy y ese futuro que esperas...
también existe una vida.
Una vida que merece ser vivida.
No dentro de diez años.
No cuando todo esté resuelto.
Ahora.
Porque quizá descubras algo inesperado.
Que el problema no siempre es el lugar.
A veces es la manera en que permanecemos dentro de él.
Vivimos tan inclinados hacia el futuro que dejamos de sostener el presente.
Nos levantamos pensando en todo lo que falta.
Trabajamos imaginando el momento en que podremos descansar.
Descansamos pensando en lo que nos espera mañana.
Y así terminamos atravesando los días sin llegar a habitarlos.
Sin embargo...
hay una posibilidad distinta.
No cambia inmediatamente las circunstancias.
No hace desaparecer los problemas.
No convierte una etapa difícil en una etapa fácil.
Hace algo mucho más pequeño.
Y, precisamente por eso, mucho más profundo.
Te devuelve al lugar donde ya está ocurriendo tu vida.
Quizá hoy puedas tomar un café sin mirar el reloj.
Quizá puedas respirar antes de responder.
Quizá puedas mirar el cielo unos segundos más.
Quizá puedas dejar de discutir mentalmente con alguien que ni siquiera está delante.
No parecen grandes decisiones.
Pero muchas veces ahí empieza una forma distinta de vivir.
No porque el mundo haya cambiado.
Sino porque tú has dejado de abandonarte mientras el mundo sigue siendo el que es.
Y quizá, después de todo...
la vida nunca estuvo esperándote al final del camino.
Quizá llevaba mucho tiempo esperándote exactamente aquí.
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