La cárcel que no se ve
Cuando el “no puedo” no nació en ti, pero vive en tu voz
Hay cárceles que no tienen muros.
No hacen ruido.
No se ven desde fuera.
Y, sin embargo, condicionan cada decisión importante de una vida.
A veces no es la vida la que te frena.
Es una frase antigua que se quedó viviendo dentro.
—No sirve de nada.
—Esto no es para ti.
—Mejor no lo intentes.
Dichas una vez.
Repetidas mil veces.
Aceptadas sin defensa.
✦ Lo que el niño no puede cuestionar, el adulto acaba obedeciendo.
Así nace la indefensión aprendida:
no como un hecho,
sino como una creencia heredada.
🔑 La impotencia no nace de la realidad, sino del eco que la nombra.
🔑 Las palabras sembradas sin conciencia se convierten en barrotes invisibles.
El daño no está solo en lo que no se hace,
sino en lo que ya ni siquiera se imagina.
Vivir con el “no puedo” interiorizado es caminar con los pies atados,
aunque el camino esté abierto.
Pero hay algo decisivo que cambia el destino:
✦ El eco pierde poder cuando se habita.
Cuando reconoces que ese “no” no era tuyo.
Que nació de una herida ajena.
Que fue aprendido, no elegido.
Ahí, la cárcel empieza a resquebrajarse.
🗝️ El “no puedo” deja de ser ley cuando descubres que era solo una voz prestada.
Este texto forma parte del libro Romper el eco,
una obra dedicada a identificar y transformar las frases invisibles que gobiernan una vida sin permiso.
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