Hace poco observé algo tan sencillo como revelador.
Dos personas.
El mismo entorno.
El mismo trabajo.
Los mismos cambios.
Los mismos problemas alrededor.
No situaciones parecidas.
La misma situación.
Sin embargo, cuando hablas con cada una por separado y preguntas cómo está viviendo ese momento, las respuestas parecen proceder de dos mundos completamente distintos.
Una persona dice:
—Todo está bien.
La otra responde:
—Estoy lleno de problemas.
Así de extremo.
Y así de verdadero.
No están describiendo dos lugares diferentes.
No están atravesando circunstancias completamente opuestas.
Se encuentran dentro del mismo escenario.
Pero no están viviendo la misma realidad.
Y esto obliga a hacerse una pregunta:
Si el entorno es el mismo, ¿de dónde nace una diferencia tan grande?
Solemos pensar que vivimos de acuerdo con lo que nos sucede.
Que estamos bien cuando las circunstancias son favorables.
Que estamos mal cuando aparecen dificultades.
Que nuestra forma de sentir es una consecuencia directa de lo que ocurre fuera.
Pero entonces encontramos a dos personas ante los mismos hechos ofreciendo respuestas completamente opuestas.
Y algo deja de encajar.
Porque, si la situación exterior fuera la única responsable de la experiencia, ambas personas deberían vivirla de una manera parecida.
Pero no sucede así.
Entre lo que ocurre y lo que vivimos existe algo más.
Está nuestra historia.
Está nuestra mentalidad.
Está lo que ya hemos vivido antes.
Está el miedo a que algo vuelva a suceder.
Está aquello que esperamos de los demás.
Está lo que creemos que debería estar pasando.
Está lo que intentamos controlar.
Está el cansancio acumulado.
Y está también el ego protegiendo su propia versión de la realidad.
Los hechos pueden ser los mismos.
Pero los ojos desde los que se miran no lo son.
Una persona puede atravesar un cambio y verlo como una amenaza.
Otra puede vivir ese mismo cambio como una oportunidad.
Una puede interpretar un silencio como rechazo.
Otra puede verlo simplemente como silencio.
Una puede sentir que todo se está desmoronando.
Otra puede pensar que las cosas se están recolocando.
El escenario no ha cambiado.
Ha cambiado la mirada.
Y esa mirada no nace de la nada.
Está construida con lo vivido, las heridas, las creencias, los recuerdos, los temores y la manera en que cada persona se ha acostumbrado a explicarse su propia vida.
Por eso no siempre vemos únicamente lo que está ocurriendo.
Muchas veces vemos aquello que nuestra mente ya estaba preparada para encontrar.
Y aquí aparece Maya.
No como una palabra espiritual difícil de comprender.
No como la idea de que la vida sea falsa.
Tampoco como una negación de los problemas, del dolor o de las circunstancias reales que una persona puede estar atravesando.
Maya aparece cuando confundimos nuestra interpretación con la realidad completa.
Cuando dejamos de decir:
«Esto es lo que yo estoy viendo».
Y comenzamos a afirmar:
«Esto es lo que está pasando».
Sin distinguir una cosa de la otra.
Los hechos existen.
Las dificultades existen.
Pero también existe la historia que construimos alrededor de ellos.
Una conversación ocurre una vez.
Pero nuestra mente puede repetirla durante días.
Una decisión todavía no se ha tomado.
Pero ya hemos vivido mentalmente todas sus posibles consecuencias.
Alguien guarda silencio.
Y nosotros llenamos ese silencio con intenciones, juicios y conclusiones que nunca fueron pronunciados.
Entonces ya no estamos viviendo solamente lo que ocurre.
Estamos viviendo todo lo que hemos añadido a lo que ocurre.
Eso también es Maya.
El velo no siempre está fuera.
A veces es la certeza con la que defendemos una interpretación.
Es la imposibilidad de considerar otra mirada.
Es la convicción de que nuestra percepción es la única descripción posible de los hechos.
Pero si dos personas pueden compartir el mismo entorno y una decir «todo está bien» mientras la otra siente que su vida está llena de problemas, algo queda demostrado:
No habitamos únicamente nuestras circunstancias.
Habitamos también la interpretación que hacemos de ellas.
Esto no significa culpabilizar a quien está sufriendo.
No significa negar el dolor.
Y tampoco significa que baste con pensar en positivo.
Significa algo mucho más profundo:
Nuestra experiencia está formada por lo que ocurre y por el lugar interior desde el que lo vivimos.
Reconocerlo puede abrir un espacio que antes no existía.
Un espacio para observar.
Para cuestionar.
Para separar el hecho de la historia.
Para mirar de nuevo.
Para descubrir que quizá no todo es exactamente como llevamos tanto tiempo contándonos.
Por eso la pregunta no es únicamente si tienes problemas.
La pregunta es:
¿Cuánto de lo que estás viviendo pertenece a lo que realmente sucede y cuánto pertenece a la forma en que tu mente lo interpreta?
Porque quizá tu vida actual no sea únicamente lo que está ocurriendo.
Quizá también sea la versión de la realidad que has aprendido a mirar.
Y quizá, sin darte cuenta, estés llamando realidad a Maya.
Para continuar esta reflexión
Comprender que nuestra mirada interviene en la realidad que vivimos es solo el comienzo. El siguiente paso consiste en descubrir cómo se construye ese velo, por qué llegamos a confundirlo con la verdad y qué papel desempeñan el ego, la percepción y Avidya en nuestra vida cotidiana.
[Continúa en «Maya: la realidad que tu mente construye»]
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Aquí no se trata de acumular respuestas.
Se trata de aprender a mirar.



