Para mí, El Tránsito es una de mis mejores obras. También una de las más íntimas e internas.
Y nació de un sueño.
Una de esas noches en las que algo parece hablarte de una forma que no sabes explicar del todo.
En aquel sueño había agua.
Una piscina grande, profunda. Un muro que tenía que atravesar para poder pasar a otra piscina. Al otro lado, el agua era diferente: sabía que era cálida, agradable.
Pero tampoco podía quedarme allí.
Tenía que salir de las piscinas, llegar a tierra y continuar avanzando.
Porque al fondo había una puerta.
Una puerta de hierro, parecida a las puertas del Retiro. Yo podía verla desde lejos y sabía que tenía que llegar hasta ella.
Ese era mi afán durante todo el sueño.
Pasar de un lugar a otro.
Conseguir salir del agua.
Llegar a tierra.
Alcanzar la puerta.
Recuerdo especialmente estar junto al muro que separaba una piscina de la siguiente. Intentaba subir una pierna. El muro era alto. No sabía si tendría fuerza suficiente para pasarlo.
Y recuerdo también una sensación muy concreta:
no quería seguir en aquella piscina.
No sabía entonces que aquel sueño terminaría convirtiéndose en seis libros.
Con el tiempo, las imágenes empezaron a encontrar su lugar.
El agua profunda.
El muro.
El agua cálida.
La tierra firme.
La puerta.
Y antes de todo eso, un lugar que quizá era el más importante de todos:
estar entre dos vidas.
Así nació El Tránsito.
Una serie de seis guías sobre algo profundamente humano: ese momento en el que ya no eres lo que eras, pero todavía no sabes del todo quién vas a ser.
Cuando hoy miro la serie completa, siento que parte de mi propio camino ha quedado plasmado en ella de una forma simbólica.
Nació de algo muy profundo de mi inconsciente, que aquella noche me habló con símbolos, señales, emociones y sensaciones.
Y lo más curioso es que hoy sigo transitando.
Porque quizá El Tránsito nunca habló solamente de mí.
Quizá muchas personas están ahora mismo en el muro y no pueden ver más allá, aunque lo deseen.
O están en aguas profundas sin saber cómo salir.
O han conseguido llegar a tierra firme y ahora aparecen delante de ellas caminos diferentes y no saben cuál elegir.
Todos estamos en el tránsito.
De alguna manera, todos estamos en algún lugar del que todavía no hemos salido y caminando hacia algún lugar al que queremos llegar.
Pero quizá transitar no sea simplemente llegar.
Quizá sea vivir esa parte del camino.
Ir adaptando nuestros momentos hacia la siguiente etapa.
Comprender que cada paso cuenta.
Porque con cada paso hacia delante ya no estás donde estabas, aunque todavía no hayas llegado al lugar donde desearías estar.
Entre dos vidas
Para mí, Entre dos vidas es el lugar más delicado de todos. También el más potente y el más importante.
Es el momento en el que por fin te das cuenta de que ya no estás únicamente en un lugar.
Algo ha comenzado.
Quizá externamente tu vida siga siendo prácticamente la misma, pero dentro de ti ya has tomado una decisión.
Es un momento de inflexión.
Un momento de valentía en el que por fin eres capaz de contarte una verdad:
voy hacia aquello que quiero y voy a esforzarme por ello, aunque todavía siga donde cada día siento un poco más que ya no pertenezco.
No es fácil.
Porque avanzar mientras todavía tienes un pie detrás resulta incómodo.
Una parte de ti continúa sosteniendo la vida que conoces y otra ya ha empezado a caminar hacia algo que todavía no existe completamente.
Pero el primer paso ya está dado.
Y para mí, ahí empieza todo.
Si sientes que ya no perteneces a donde estás y has iniciado el primer paso hacia tu visión, ahí estás entre dos vidas.
Puedes entrar más profundamente en esta primera etapa en Entre dos vidas.
Agua profunda
Después das otro paso.
Seguiste avanzando.
Pero entonces aparece algo que quizá al principio no habías calculado:
el cansancio.
Empiezan a pesar los días.
Surgen dudas sobre aquello que parecía mucho más sencillo cuando todavía era solamente una decisión.
Aparece el miedo.
La incertidumbre.
Y empiezas a comprender que tampoco quieres mirar hacia atrás.
Porque aunque todavía no hayas salido, ya no estás donde estabas.
Has empezado a entrar en una nueva parte de tu camino.
No sabes si conseguirás salir de esa profundidad. No tienes todas las respuestas y quizá ni siquiera puedes ver todavía dónde termina.
Pero volver comienza a resultar más difícil que seguir.
Ahora es más fácil avanzar, aun con dudas, cansancio y miedo, que regresar al lugar que decidiste ir abandonando.
Y ahí, en esa profundidad, ocurre también otra cosa.
Empiezas a encontrarte contigo.
Con aquello que te asusta.
Con tus dudas.
Con lo que habías escondido.
Con tus sombras.
Agua profunda representa ese tramo de la serie: cuando ya estás demasiado lejos para fingir que nada ha cambiado y todavía demasiado dentro para ver claramente la salida.
Puedes seguir entrando en esta etapa en Agua profunda.
El muro
Y sigues avanzando.
Hasta que aparece el muro.
No siempre avisa.
A veces aparece precisamente cuando creías que estabas haciendo todo lo necesario.
Cuando descubres que aquello va a resultar más difícil de lo que imaginabas.
Cuando no encuentras salida.
Cuando no sabes cuál es el siguiente paso.
Ni cómo darlo.
Durante mucho tiempo podemos creer que un muro es algo contra lo que debemos luchar.
Pero para mí no es así.
El muro no se destruye.
Contra el muro no se lucha.
Al muro aprendes a amarlo.
Porque llega un momento en el que empiezas a comprender que quizá no apareció para impedirte llegar.
Quizá apareció porque había algo que todavía necesitabas ver.
Y el muro empieza a atravesarse cuando comienzas a comprender por qué está ahí.
No porque desaparezca mágicamente.
Sino porque tú ya no lo estás mirando de la misma forma.
El muro no viene a destruirte. El muro viene a revelarte.
Puedes profundizar en este momento del tránsito en El muro.
Agua cálida
Después del muro algo ha cambiado.
Quizá no sepas explicarlo muy bien.
Pero aprendiste a seguir caminando.
Con miedo.
Con dudas.
Con adversidad.
Y cuando empiezas a confiar en ti y a comprender el porqué de tus propios muros, algo comienza a abrirse.
Aparecen los primeros frutos.
El primer reconocimiento.
La primera señal de que quizá todo aquello mereció la pena.
Y por fin puedes parar.
Mirar hacia atrás.
Reconocer lo avanzado.
Agradecer.
Respirar.
Te sientes bien.
Muchas cosas han empezado a moverse y aparece una sensación que llevabas tiempo esperando:
estar a gusto.
Pero ahí comienza otra prueba.
Porque aparece una pequeña voz que puede decirte:
Si ya has mejorado tanto, ¿para qué seguir?
¿Por qué continuar esforzándote si aquí ya estás bien?
Y entonces Agua cálida deja de ser solamente descanso.
Se convierte también en lucidez.
Es el momento de salir de donde estás estando bien para llegar donde querías llegar.
La comodidad puede confundirte.
La mente puede hacerte creer que aquello era el destino cuando quizá solamente era un lugar necesario para recuperar fuerzas.
Por eso esta etapa exige algo distinto:
serte fiel a ese inicio en el que decidiste dar un paso hacia delante.
El descanso forma parte del tránsito.
Pero el descanso no tiene por qué ser el final.
Puedes continuar este tramo en Agua cálida.
Tierra firme
No te acomodaste.
Tomaste aire.
Paraste.
Miraste hacia atrás.
Agradeciste lo conseguido.
Y seguiste.
Hasta que por fin pisas suelo firme.
Estás mucho más cerca de aquello que en algún momento solamente podías imaginar.
Pero acercarte también hace visibles cosas que antes no podías ver.
Aparecen nuevos retos.
Nuevas situaciones.
Nuevos caminos.
Opciones que antes estaban demasiado lejos para que pudieras siquiera contemplarlas.
Y pueden aparecer también sucedáneos.
Situaciones que se parecen a aquello que deseas.
Oportunidades quizá verdaderas.
O quizá engañosas.
Atajos.
Caminos más cómodos.
Caminos que nunca habías considerado.
Y vuelven las preguntas.
Aunque el camino elegido sea el que parece más angosto, ¿me atreveré a transitarlo?
¿Elegiré ahora el camino más fácil y llano?
¿Tomaré aquel que parece un atajo?
Llegar a tierra firme no significa que desaparezcan las decisiones.
Significa que ahora puedes ver decisiones que antes no podías ver.
Y quizá esa sea la nueva dificultad.
Ya no necesitas luchar para mantenerte a flote.
Ahora necesitas discernir.
Elegir.
Y recordar hacia dónde ibas.
Puedes seguir recorriendo esta etapa en Tierra firme.
La puerta
Y finalmente aparece delante de ti.
Aquello que durante tanto tiempo estuvo lejos.
La puerta.
Para mí, La puerta se siente como ese lugar al que llegas cumpliendo tus objetivos.
Sientes que llegaste.
Que pudiste cruzar.
Que puedes dejar atrás aquella otra vida.
Ya no estás entre dos lugares.
Ahora estás en uno solo.
No llegaste sin miedo.
No llegaste sin dudas.
Pero tienes delante una salida real.
Profunda.
Visible.
Y entonces abrir esa puerta significa algo mucho mayor que alcanzar un objetivo.
Es haber realizado lo que dijiste.
Es hacer lo que dijiste que ibas a hacer.
Es mirar detrás y encontrar un camino.
Un aprendizaje real.
Todo aquello que atravesaste para poder estar allí.
Y mirar delante y encontrar una nueva oportunidad para continuar siendo fiel a ti.
La puerta es el final de este tránsito, pero no el final del camino.
Quizá por eso el gesto final para mí es tan importante:
abrir la puerta y cerrarla tras de ti, dejando atrás tu otra vida.
Puedes llegar hasta la última etapa de la serie en La puerta.
Todos estamos en algún lugar del tránsito
Aquel sueño terminó convirtiéndose en seis libros.
Y quizá por eso esta serie ocupa para mí un lugar tan íntimo.
Porque no nació de una idea pensada para construir una colección.
Primero apareció el camino.
Después fui poniéndole palabras.
Hoy puedo mirar Entre dos vidas, Agua profunda, El muro, Agua cálida, Tierra firme y La puerta y reconocer en ellos un recorrido completo.
Pero no creo que necesitemos estar en el mismo punto.
Tal vez tú estés ahora entre dos vidas.
Quizá lleves demasiado tiempo en aguas profundas.
Puede que tengas un muro delante.
A lo mejor estás tan a gusto en el agua cálida que has olvidado que querías seguir.
Quizá ya hayas llegado a tierra y tengas varios caminos frente a ti.
O tal vez la puerta esté ahora mismo delante de tus ojos.
No lo sé.
Lo que sí sé es que transitar también es avanzar.
Aunque no hayas llegado.
Aunque todavía dudes.
Aunque no puedas ver completamente lo que viene después.
Porque con cada paso hacia delante algo ya ha cambiado.
Ya no estás donde estabas.
Y quizá, mientras sigues caminando, descubras que eso también era parte del lugar al que querías llegar.
Si tú también estás en tránsito, puedes suscribirte a El Camino Creador. Quizá todavía no hayas llegado, pero cada paso ya está cambiando el lugar desde el que caminas.



