Buen viaje, palomita
A veces acompañar es mirar cómo otro aprende a irse.
Esta historia está sucediendo mientras la escribo.
El árbol que hay frente a mi ventana no siempre fue como lo veo hoy.
Cuando llegamos a vivir a esta casa era apenas una ramita. Con los años fue creciendo con nosotros, extendiendo sus ramas hasta ocupar buena parte de los miradores. Ahora sus hojas quedan tan cerca que podría tocarlas con la mano si la estirara desde la ventana.
Para mí nunca ha sido únicamente un árbol de la calle. Forma parte de la casa, de sus vistas y de su historia. Entra en mi habitación con su verde, cambia con las estaciones y ofrece a mis gatos un lugar desde el que contemplar cada mañana a las palomas y a los pequeños pájaros que se mueven entre sus ramas.
Este año ocurrió algo diferente.
Un día empecé a ver una paloma inmóvil sobre un nido.
Permanecía allí durante horas. Apenas se movía. Yo la observaba desde la ventana y me preguntaba qué vida se estaría abriendo paso en aquel pequeño refugio construido frente a mi habitación.
Hasta que apareció ella.
Una palomita diminuta.
La vi recién nacida. La vi asomarse dentro del nido y crecer poco a poco en el mismo árbol que yo había visto crecer durante tantos años. Su mundo entero estaba contenido en unas cuantas ramas protegidas por las hojas.
Y un día salió.
Cuando descubrí el nido vacío sentí una tristeza difícil de explicar.
Lo sigo mirando y todavía me entristece. Hace apenas unos días había una vida dentro y ahora solo quedan las ramas que la protegieron. Ese lugar que fue su mundo permanece allí, intacto y vacío, recordándome que algo ya ha comenzado a cambiar.
Pero todavía puedo verla.
Cada mañana busco entre las hojas y, cuando consigo encontrarla, allí está: quietecita sobre alguna rama, tan bien escondida que a veces puede encontrarse a pocos metros de mí y resultar casi invisible.
Al principio me preocupaba verla pasar tantas horas en el mismo lugar. Pensé que quizá se había quedado sola. Me daba pena imaginarla fuera del nido, enfrentándose de pronto a un mundo demasiado grande para ella.
Después comprendí que no estaba abandonada.
Las palomas jóvenes no salen del nido sabiendo desenvolverse por completo. Durante un tiempo permanecen cerca, escondidas entre las hojas, fortaleciendo sus alas y aprendiendo a moverse en el territorio que todavía reconocen como seguro.
Muy cerca del árbol hay una farola. Desde que vivo aquí recuerdo haber visto muchas veces una paloma posada sobre ella, como si aquel punto elevado también formara parte de su hogar.
Durante estos días comenzaron a aparecer dos palomas adultas juntas. Permanecían cerca del árbol, volvían a la farola y se comportaban como una pareja. Las vi acercar sus cabezas, tocarse con el pico y compartir ese lenguaje silencioso que poseen los animales.
No puedo saber con absoluta certeza que sean sus padres.
Pero mientras ellos permanecen cerca, la pequeña continúa entre las ramas.
A veces la pierdo de vista. El árbol es grande y frondoso, y sabe protegerla muy bien. Después, de repente, vuelve a aparecer.
Allí está.
Mirando.
Esperando.
Aprendiendo.
Durante estos días he comprendido que crecer no siempre parece avanzar. A veces crecer consiste en permanecer quieto durante mucho tiempo, reuniendo fuerzas antes de dar el siguiente paso.
Desde fuera podemos pensar que no está ocurriendo nada.
Sin embargo, por dentro se está preparando un vuelo.
La palomita sigue en su árbol. Ya no vive dentro del nido, pero todavía no se ha marchado. Permanece en ese espacio delicado entre la dependencia y la libertad, entre la casa que la protegió y el cielo que algún día tendrá que descubrir.
Yo la miro desde mi habitación y sé que este tiempo será breve.
Llegará el momento en que comenzará a volar más lejos. Tal vez continúe viviendo por esta zona. Quizá vuelva a posarse en estas ramas o en la farola. También puede ocurrir que encuentre otros árboles, otros tejados y un nuevo lugar desde el que contemplar el mundo.
Y aunque regrese, probablemente llegará un día en el que ya no pueda reconocerla.
Su aspecto cambiará. Se convertirá en una paloma adulta y se confundirá con las demás. Quizá vuelva a estar delante de mi ventana sin que yo sepa que es ella.
Eso me da pena.
Porque no ha sido una paloma que apareció durante unos minutos. Vi a una de las adultas permanecer sobre el nido. La vi recién nacida. La vi crecer. La vi salir y quedarse quieta entre las ramas de su primer mundo.
He seguido su pequeña historia sin salir de casa.
No necesito convertirla en algo diferente ni obligarla a enseñarme una gran lección. La historia es hermosa tal y como ha sucedido.
Pero inevitablemente me está enseñando algo.
Acompañar no siempre significa intervenir.
No siempre significa acercarse, tocar, proteger de todo peligro o impedir que alguien se marche. A veces acompañar consiste en estar cerca, respetar el proceso y mirar cómo el otro reúne el valor necesario para alejarse de aquello que un día lo sostuvo.
También sus padres tendrán que hacerlo.
Después de protegerla dentro del nido y permanecer cerca durante sus primeros días entre las ramas, llegará un momento en el que tendrán que permitirle encontrar su propio espacio.
Y yo también tendré que aprenderlo.
Aprenderé a entender que, algunas veces, dejar marchar es la máxima expresión del amor.
No porque dejar de ver a quien amamos resulte fácil. No porque la ausencia deje de doler. Sino porque amar también es desear que el otro pueda continuar, aunque su camino lo lleve lejos de nosotros.
Cuando la palomita deje de aparecer cada mañana entre las hojas, intentaré no vivirlo únicamente como una pérdida.
Significará que sus alas se han fortalecido.
Que ya no necesita permanecer inmóvil en la misma rama.
Que aquel pequeño mundo frente a mi ventana se le ha quedado pequeño.
Significará que pudo seguir adelante.
Aun así, continuaré mirando de vez en cuando hacia el nido vacío.
Recordaré el lugar donde comenzó su vida y aquellos días en los que permanecía escondida en el árbol, tan cerca de mi habitación que parecía formar parte de la casa.
Y sé que volverá.
Quizá se pose algún día sobre la farola. Quizá regrese al árbol donde nació. Quizá me contemple desde una rama sin que yo consiga reconocerla entre las demás.
Pero volverá.
Porque los lugares que nos sostuvieron al comienzo de nuestra vida nunca desaparecen del todo de nosotros. Permanecen en alguna parte, incluso cuando ya hemos aprendido a volar lejos de ellos.
Buen viaje, palomita.
Aunque algún día no pueda reconocerte, este árbol siempre sabrá quién eres.
Algo de este lugar se irá contigo.
Y algo de mí también.
Mari Paz · El Camino Creador



